Lo que se conocía bajo el término industrias creativas en 1990 no agrupaba lo mismo que en 2024. Han transcurrido casi tres décadas y media desde que cuatro destacados diseñadores españoles: Alberto Corazón, Daniel Nebot, Enric Satué y Roberto Turégano, abordaran el encargo de crear una identidad gráfica para la SGAE, la Sociedad General de Autores de España, como era su denominación oficial en aquel momento. El universo creativo se ha visto incrementado desde entonces con un número creciente de especialidades, muchas de ellas ligadas al entorno digital.

«¿Con qué simbología se puede orientar la opinión de la sociedad civil española hacia los autores y su actividad? ¿Qué códigos de identidad pueden proyectar una imagen corporativa tan plural, diversa y multidisciplinaria, con mutaciones inesperadas, como la de los creadores en la última década del siglo XX?», se preguntaba Eduardo Bautista, Consejero Delegado de la SGAE en el momento del encargo del símbolo protagonista de este post.

Alberto Corazón daba las claves en la publicación —que cerró un proceso creativo que duró seis meses— de un planteamiento colectivo en búsqueda de un símbolo para la SGAE. En la introducción de este interesante libro de edición limitada a 999 ejemplares numerados, afirmaba: «Los procesos de diseño tienen, inevitablemente, un componente personal que en este caso no me parecía coherente. (…) Se me ocurrió que podríamos reproducir el esquema de la SGAE: unir autores. Articular un sistema gráfico que no tuviese autor sino autores. Y encontrar un modelo de trabajo que permitiera un intercambio fluido, estimulante y lo más anónimo posible».

Y, como correspondía a los medios «tecnológicos» de entonces ese intercambio se produjo con el humilde telefax de la época, nada que ver con el correo electrónico, el envío de archivos de imágenes por internet o las reuniones virtuales tipo zoom. A través del telefax —ya que los diseñadores residían en distintas ciudades españolas— cada uno fue enviando sus propuestas a los demás y corrigiendo las que a su vez recibía.

En la publicación protagonista de este post se recogieron imágenes de todo el proceso creativo. Partiendo de la imagen anterior de la SGAE y de una muestra de los logos de las principales sociedades de autores del mundo, se iban desvelando los primeros tanteos: el concepto de un símbolo que se va estampanso, la inclusión del ojo, el arco, el símbolo del copyright, la posible «humanización» del símbolo…

Cuando ya las líneas básicas estaban claramente planteadas los cuatro diseñadores decidieron tener una reunión —en este caso en persona— de «limpieza y resumen». Al presentar el material elaborado hasta ese momento a la SGAE se detectó que la estrategia comunicacional a desarrollar era potenciar el uso visual y fonético de las siglas, lo que dio origen a un extraño equilibrio tipográfico lleno de sugerencias.

Emilio Gil